Ya nada podía detenerlo. Había tomado una decisión; la decisión. Por fin sería un hombre de verdad completo, aunque le costara sangre, sudor y lágrimas, y la incertidumbre del pionero. Por fin partió el tren de la estación, el tren de su nueva vida. Todos los días había mirado partir a sus amigos desde la estación de su no vida mientras le decían "se puede vivir, el temor no debe paralizarte, no puede paralizarte, porque todo el mundo teme y todo el mundo vive". Efectivamente se puede vivir de verdad tan sólo montándose y dejándose llevar.
Por Ulises.
Partió de su reino para luchar. Tras la victoria, en su camino de regreso, fue condenado a errar indefinidamente. Perdido, no pensaba que quizá la verdadera guerra que le estaba destinada no era la que había ganado...
Presentación
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Presentación: ¿Por qué Ulises?
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20 mayo 2011
10 mayo 2011
Namita.
Fue el pedo más grande que jamás se hubiera oído, fuera de toda medida, la más descomunal y estruendosa de las ventosidades. En la oficina todo el mundo se asustó. Los ojos miraron a todas partes, desconcertados; las cabezas se asomaron por encima de los monitores, las plantas decorativas y las mamparas. Tanto fue el susto y el revuelo que incluso algunos de los trabajadores de otras plasntas se acercaron a preguntar por el origen de la explosión. Mas aun para entonces nadie sabía quién había tenido tal capacidad decibélica. Ni siquiera se habían planteado las posibles consecuencias fétidas del evento. Cuando alguien cayó en la cuenta dijo:
- ¡Hay que precintar el aseo!
- ¡Peero, se morirá asfixiado ahí dentro! -respondió otro pensando en el prodigioso organismo capaz de tal producción gaseosa.
- ¿Y nosotros, qué?
Por suerte tuvo las de ganar la preocupación por el individuo bomba sobre el temor a una afección nociva para los demás.
La calma fue llegando y algunos se acercaron cautelosamente al aseo, dispuestos para la huída en caso de réplicas. No fue el caso. Solo oyeron la descarga de la cisterna, que parecía no haberse visto dañada por la onda expansiva, y, al poco, salió Clara notablemente cambiada, menguada. No había destacado nunca por sus dimensiones, pero eso no fue motivo que impidiera que se encogiera hasta casi desaparecer al ver a sus compañeros apostados recelosos junto a la puerta. Con la cara gacha, colorada como un tomate auténtico, y sin apartar la mirada del suelo, fue a sentarse en su puesto. A penas se atrevió a mirar siquiera a la pantalla. Su ombligo era el único objetivo de su mirada hasta que una compañera sensible le preguntó si todo iba bien.
Desde entonces de Clara pasó a ser Clarita Dinamita o, simplemente, Namita; y del resto solo se habló a sus espaldas salvo por sus compañeros más allegados.
Por Ulises.
- ¡Hay que precintar el aseo!
- ¡Peero, se morirá asfixiado ahí dentro! -respondió otro pensando en el prodigioso organismo capaz de tal producción gaseosa.
- ¿Y nosotros, qué?
Por suerte tuvo las de ganar la preocupación por el individuo bomba sobre el temor a una afección nociva para los demás.
La calma fue llegando y algunos se acercaron cautelosamente al aseo, dispuestos para la huída en caso de réplicas. No fue el caso. Solo oyeron la descarga de la cisterna, que parecía no haberse visto dañada por la onda expansiva, y, al poco, salió Clara notablemente cambiada, menguada. No había destacado nunca por sus dimensiones, pero eso no fue motivo que impidiera que se encogiera hasta casi desaparecer al ver a sus compañeros apostados recelosos junto a la puerta. Con la cara gacha, colorada como un tomate auténtico, y sin apartar la mirada del suelo, fue a sentarse en su puesto. A penas se atrevió a mirar siquiera a la pantalla. Su ombligo era el único objetivo de su mirada hasta que una compañera sensible le preguntó si todo iba bien.
Desde entonces de Clara pasó a ser Clarita Dinamita o, simplemente, Namita; y del resto solo se habló a sus espaldas salvo por sus compañeros más allegados.
Por Ulises.
21 abril 2011
A qué vivir.
| El macabro látigo azota mi alma cual demonio corroyéndome la vida cuando a penas atisbo la belleza absoluta. Un olor, un dolor; un sonido, maldito; una forma, ¡no! Piel, movimiento, tormento siniestro. Locura. ¿Por qué? A mí, bondad estomacal para con todo, a qué a mí desollo. Triste tristeza del corazón inmundo ahíto de rabia y moribundo latido. A qué a mí esta necia atadura que mata en desasosiego. No la elegí yo. No. | Escapar es imposible sino por pocos días, y cuando enaltece la victoria rebrotan las llagas sanguinarias, veces manantial discreto, veces ensordecedor torrente. Por qué natura es injusta. Morir no quiero; mas vivir así, tampoco. Infinitos años sin lograr costumbre ni valor para soportarlo cabizbajo, comiendo polvo y heces en caja marmórea oscura, silenciosa, quieta, como si mis días hubieran acabado como días desearía. Jmap 26/08/2010 |
La caída de Ícaro.
Descubrir en su espalda su par de pequeñas alas, doradas y de pretensiones angelicales, fue mi liberación. Imaginé que las cogía con las manos e, invocando a Hércules, se las arrancaba de cuajo y caía al suelo, de rodillas, con los ojos extasiados, confundidos e incrédulos. Tal era mi enojo, mi frustración y mi dolor. Durante días me recreé en la fantasía que desplomaba, sobre el reseco y yermo desierto, al ser que había estado en un celeste pedestal cada vez que le había dirigido la palabra o la mirada tan sólo. Por fin había extirpado de mi corazón esa gran molestia para dejar un doloroso pero cómodo vacío. No puedo menos que estar agradecido por el odio y el desdén que me dispensa. Ya no es más que un bellísimo y grácil cascarón de cera a la imagen y semejanza de lo que una vez fue idolatrado...
Por Ulises.
Por Ulises.
09 abril 2011
No sé vivir.
| Amor mío, una vez más te digo que muero sin tu amor, sin poder penetrar el interior de tu alma y de tu cuerpo, sin que mis manos redescubran tus formas estremecidas, sin que mis palabras y mis besos despierten, en tu vientre, fuego. Muero de amor y de pasión porque tu vida es tuya, sólo tuya y no mía. Echo en falta tu adoración y tu felicidad al verme, al disfrutarme, al seducirme... Lloro cada instante infinito por todo lo nuestro que se ha ido. Lloro como un hombre, como una mujer, lloro como un niño perdido. | Lloro, sí, y camino cada día soportando la osadía de arrostrar esta triste vida que siempre ha querdio ser tuya. Tus palabras perdieron su esencia de amor y ahora caen yertas en la tierra seca. Me he perdido, y tú. Busco el camino removiendo rocas y pisando cuchillos y mi brío y mi fuerza se agotan. Bésame, cariño mío; rescátame, rescátate, que sin ti yo no sé vivir. A Penélope, por Ulises. |
22 marzo 2011
Por qué Ulises.
Porque, como muchos otros, supongo, en ocasiones me siento desarraigado y perdido de mí mismo. La vida nos empuja a lo que parece una batalla y acaba siendo otra, pudiendo llegar a esclavizarnos por necesidades aceptadas para sobrevivir; supervivencia a veces insoportable sin la esperanza de reencontrarse a uno mismo, provisionalmente al menos.
Esto sólo pretende ser un revitalizante compartido.
A Penélope, a Telémaco y a Ítaca.
Por supuesto, también a los Navegantes extraviados.
Por Ulises.
Esto sólo pretende ser un revitalizante compartido.
A Penélope, a Telémaco y a Ítaca.
Por supuesto, también a los Navegantes extraviados.
Por Ulises.
Mi pene es inmortal
Petrificado. Sí, esa es la palabra: petrificado. Así estaba yo mientras mi pene me miraba desde la pantalla, enardecido, pletórico, desafiante; petrificado, como yo, pero ahora más popular que Paquito el Chocolatero. Mi miembro, mi verga, mi polla, mi Manolito… Será mejor empezar por el principio:
La conocí en un chat y conectamos en un abrir y cerrar de ojos, con nuestros gustos comunes. Es fotógrafa y escribe relatos en un blog. Tras meses de charlas casi diarias, la diosa Fortuna quiso que el trabajo nos llevase a la misma ciudad y quedamos en alojarnos en el mismo hotel para conocernos en persona. Llegué antes, y la esperé en el vestíbulo leyendo unos minutos. Nada más verla me sentí atado por la formalidad, como Odiseo ante las sirenas. Las fotos no le hacían justicia: es la chica real con más estilo que he conocido. Tuve que sacudirme el aturdimiento de encima y dejar la inseguridad en el sofá para poder acercarme mientras la atendían en la recepción.
–Hola, Pea.
–¡Ulises!
Su luminosa sonrisa me cautivó, y nos saludamos con un par de besos formales. Mi corazón estaba henchido de ilusión. ¡Por fin estaba realmente con ella!
–¿Llevas mucho esperando?
–No, diez horas y cuarto.
Rió alegremente con un gesto espontáneo y femenino que ningún vampiro resistiría.
–¿Me ayudas con con el equipaje?
–Sí. Vamos al ascensor. ¿Dónde te han dado?
–Arriba del todo. Me encanta ver la ciudad de noche. ¿Qué lees?
–Amatista.
–¡Uuuuuuh! La sonrisa vertical… –contestó. –Prefiero protagonizarlas –añadió volviéndose hacia mí, como quien no dice nada, mientras las puertas se cerraban a mi espalda.
–¡Toma, y yo!
¡Protagonizarlas! Una mujer así nunca debe decir eso a un hombre si no quiere destrozar su corazón de pasión o de desesperación, aunque dudaba de que esas fueran sus opciones.
–Menuda maleta para dos días. ¿Qué llevas aquí, todo tu sex-shop? Anda que, como se me caiga y se abra... –bromeé aludiendo a uno de sus relatos.
Estallamos en carcajadas que debieron de resonar en todo el edificio.
–Pea, pensaba que querías pasar el tiempo conmigo.
–¡Oye, que una cosa no quita la otra!
Se abrieron las puertas, salimos y, sin dejar de reír, consiguió abrir la puerta de la habitación para instalarse.
–¡Buf, menudo viajecito! Estoy agotada.
–¿Dónde te dejo esto?
–Por ahí, donde quieras –dijo cayendo en la cama como un árbol talado.
–¿Quieres descansar un rato?
–Tentador, pero no –respondió levantándose con un salto adolescente.
–No vuelvas a hacerme esto, Pea. Casi paso de ti en la recepción.
–¿Por qué? –preguntó sinceramente preocupada.
–No te reconocía. No me habías dicho lo atractiva que eres en persona.
La risa, esta vez de alivio, volvió a brotar de su garganta.
–¡No me habías preguntado!
–Eres la caña –respondí entre risas. –¿Qué se ve desde aquí? –pregunté acercándome al ventanal.
La irrelevante ciudad.
–Bueno, a trabajar –sentencié resignado.
Al darme la vuelta para salir me topé con ella, que se había acercado para mirar también.
–Sí, a trabajar –respondió sin moverse.
Sus ojos eran tan bonitos como su sonrisa. Mi ritmo cardiaco se aceleró, un nudo ató mi garganta y el calor en mi cuerpo se hizo insoportable. No podía dejar de mirar a través de sus pupilas buscándola más allá. Los instantes se alargaron infinitamente. La calidez de su respiración me flagelaba la piel del rostro y su aroma me taladraba el alma. Con un esfuerzo sobrehumano, me acerqué más, cerré los ojos y acaricié sus labios con los míos.
–Pea… –susurré.
–¡Eres un capullo! –soltó como si la palabra no le cupiera en la boca.
La miré fijamente a los ojos y mi ansia se precipitó contra la suya mientras mis brazos la rodeaban. Mis manos acariciaron su cara y su pelo y ella se estrechó contra mí. Sentí que tocaba el cielo…
No sabía qué hora era cuando desperté. Habíamos revuelto su cama y ambos estábamos desnudos. ¡Dios!, su piel, su cuerpo... Era lo más hermoso que había visto nunca. No era una tía cañón, era mejor; era Pea, mi Pea, mis anhelos. La arropé, me tapé junto a ella y se removió al despertar con un leve sobresalto que desapareció al reconocerme a su lado.
–¿Qué hora es? –preguntó serenamente
–A ver... –consulté el reloj –Casi las doce.
–Venga, vamos, que aún tenemos un par de horitas antes de comer.
–¿Qué? ¿Nos vamos? –pregunté estupefacto.
–Piensa que si no hubiera sido por el trabajo no estaríamos aquí. Además, tú también tendrás cosas que hacer –añadió con un mohín.
–Sí. Qué pena.
–¿Comemos juntos?
–No, he venido a trabajar y ya he perdido bastante el tiempo –dije ocultando mi frustración.
–Vale –dijo entre risas –voy a dar una vuelta por la ciudad con mis cámaras y a las dos y media nos vemos en el Ginos de la calle comercial.
–Lo tienes todo controlado...
Me guiñó un ojo divertida mientras ocultaba de nuevo el ochenta y cinco por ciento de su belleza con la ropa que solo ella sabía vestir y salimos de allí cada uno a lo suyo.
Fueron dos días que no olvidaré. Ni ella tampoco, porque no se dedicó a inmortalizar solo el paisaje urbano. ¿Cuándo y cómo demonios me hizo las fotos que ilustran ahora ese relato? Debió de jugar con mi cuerpo incluso cuando estaba dormido. Esas fotos a mí, que no dejaba de pensar en ella desde hacía meses... Y ella en mí, ¡y ahora también medio planeta! Debo reconocer que con una fotógrafa sensible y profesional como ella hasta mi polla es fotogénica. Una vez tragado el primer impacto pude leer el relato. “Y el verbo se hizo carne y habitó entre mis piernas.” ¡Y lo que no eran sus piernas! Menudo titulito digno de la más beata. Era una ficción con similitudes con nuestra aventura narrada de forma muy divertida, tierna y picante; a su estilo. Por desgracia no estaba a la altura de aquellos dos días. De ninguna manera, porque nada podía estarlo.
Le mandé un mensaje privado:
–Pea, ¡PEEEEEEEAAAAAAA! ¿Cuándo me hiciste estas fotos?
–¡Ulises! Sabía que te gustarían. ¡Son las mejores!
–¿Cómo que son las mejores? ¿ES QUE HAY MÁS? !!!
–¡Claro! Son la selección. Además, suelo hacerlas en ráfaga.
¡Tierra, trágame! Cientos de fotos de mi miembro descontroladas por ahí, y vete a saber qué más.
–Pea, esas fotos me enloquecen.
–No son para tanto. Tú sí que me enloqueces a mí.
–Creo que no me entiendes.
–Siempre me sorprendes. POR ESO ME GUSTAS TANTO.
–¿Por qué me hiciste esas fotos? ¿Y por qué las has colgado?
–No te preocupes, sólo tú y yo lo reconocemos. Además, verás qué pasiones desatas.
–¿Yo? ¿Por qué?
–Hazme caso, que sé de qué hablo.
Mientras chateábamos habían colgado ya más de diez comentarios. Pea tenía razón: los tíos me envidiaban y a las tías se les caía la baba.
–¡PEA!
–Te lo dije: Ulises, tienes una lámpara maravillosa. Lo que nadie conoce es el genio que lleva dentro.
–¡Estás loca!
–Sí, ya te lo he dicho, ¡POR TI!
El relato, junto a todas las traducciones informales que han aparecido, ha batido todos los récords de comentarios en Blogger y ya es un fenómeno social. Quizá yo no deje una huella imborrable en la historia de la humanidad; pero mi pene es inmortal.
Por Ulises.
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