Presentación

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Presentación: ¿Por qué Ulises?


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22 marzo 2011

Mi pene es inmortal

Petrificado. Sí, esa es la palabra: petrificado. Así estaba yo mientras mi pene me miraba desde la pantalla, enardecido, pletórico, desafiante; petrificado, como yo, pero ahora más popular que Paquito el Chocolatero. Mi miembro, mi verga, mi polla, mi Manolito… Será mejor empezar por el principio:
La conocí en un chat y conectamos en un abrir y cerrar de ojos, con nuestros gustos comunes. Es fotógrafa y escribe relatos en un blog. Tras meses de charlas casi diarias, la diosa Fortuna quiso que el trabajo nos llevase a la misma ciudad y quedamos en alojarnos en el mismo hotel para conocernos en persona. Llegué antes, y la esperé en el vestíbulo leyendo unos minutos. Nada más verla me sentí atado por la formalidad, como Odiseo ante las sirenas. Las fotos no le hacían justicia: es la chica real con más estilo que he conocido. Tuve que sacudirme el aturdimiento de encima y dejar la inseguridad en el sofá para poder acercarme mientras la atendían en la recepción.

–Hola, Pea.
–¡Ulises!

Su luminosa sonrisa me cautivó, y nos saludamos con un par de besos formales. Mi corazón estaba henchido de ilusión. ¡Por fin estaba realmente con ella!

–¿Llevas mucho esperando?
–No, diez horas y cuarto.

Rió alegremente con un gesto espontáneo y femenino que ningún vampiro resistiría.

–¿Me ayudas con con el equipaje?
–Sí. Vamos al ascensor. ¿Dónde te han dado?
–Arriba del todo. Me encanta ver la ciudad de noche. ¿Qué lees?
–Amatista.
–¡Uuuuuuh! La sonrisa vertical… –contestó. –Prefiero protagonizarlas –añadió volviéndose hacia mí, como quien no dice nada, mientras las puertas se cerraban a mi espalda.
–¡Toma, y yo!

¡Protagonizarlas! Una mujer así nunca debe decir eso a un hombre si no quiere destrozar su corazón de pasión o de desesperación, aunque dudaba de que esas fueran sus opciones.

–Menuda maleta para dos días. ¿Qué llevas aquí, todo tu sex-shop? Anda que, como se me caiga y se abra... –bromeé aludiendo a uno de sus relatos.

Estallamos en carcajadas que debieron de resonar en todo el edificio.

–Pea, pensaba que querías pasar el tiempo conmigo.
–¡Oye, que una cosa no quita la otra!

Se abrieron las puertas, salimos y, sin dejar de reír, consiguió abrir la puerta de la habitación para instalarse.

–¡Buf, menudo viajecito! Estoy agotada.
–¿Dónde te dejo esto?
–Por ahí, donde quieras –dijo cayendo en la cama como un árbol talado.
–¿Quieres descansar un rato?
–Tentador, pero no –respondió levantándose con un salto adolescente.
–No vuelvas a hacerme esto, Pea. Casi paso de ti en la recepción.
–¿Por qué? –preguntó sinceramente preocupada.
–No te reconocía. No me habías dicho lo atractiva que eres en persona.

La risa, esta vez de alivio, volvió a brotar de su garganta.

–¡No me habías preguntado!
–Eres la caña –respondí entre risas. –¿Qué se ve desde aquí? –pregunté acercándome al ventanal.

La irrelevante ciudad.

–Bueno, a trabajar –sentencié resignado.

Al darme la vuelta para salir me topé con ella, que se había acercado para mirar también.

–Sí, a trabajar –respondió sin moverse.

Sus ojos eran tan bonitos como su sonrisa. Mi ritmo cardiaco se aceleró, un nudo ató mi garganta y el calor en mi cuerpo se hizo insoportable. No podía dejar de mirar a través de sus pupilas buscándola más allá. Los instantes se alargaron infinitamente. La calidez de su respiración me flagelaba la piel del rostro y su aroma me taladraba el alma. Con un esfuerzo sobrehumano, me acerqué más, cerré los ojos y acaricié sus labios con los míos.

–Pea… –susurré.
–¡Eres un capullo! –soltó como si la palabra no le cupiera en la boca.

La miré fijamente a los ojos y mi ansia se precipitó contra la suya mientras mis brazos la rodeaban. Mis manos acariciaron su cara y su pelo y ella se estrechó contra mí. Sentí que tocaba el cielo…

No sabía qué hora era cuando desperté. Habíamos revuelto su cama y ambos estábamos desnudos. ¡Dios!, su piel, su cuerpo... Era lo más hermoso que había visto nunca. No era una tía cañón, era mejor; era Pea, mi Pea, mis anhelos. La arropé, me tapé junto a ella y se removió al despertar con un leve sobresalto que desapareció al reconocerme a su lado.

–¿Qué hora es? –preguntó serenamente
–A ver... –consulté el reloj –Casi las doce.
–Venga, vamos, que aún tenemos un par de horitas antes de comer.
–¿Qué? ¿Nos vamos? –pregunté estupefacto.
–Piensa que si no hubiera sido por el trabajo no estaríamos aquí. Además, tú también tendrás cosas que hacer –añadió con un mohín.
–Sí. Qué pena.
–¿Comemos juntos?
–No, he venido a trabajar y ya he perdido bastante el tiempo –dije ocultando mi frustración.
–Vale –dijo entre risas –voy a dar una vuelta por la ciudad con mis cámaras y a las dos y media nos vemos en el Ginos de la calle comercial.
–Lo tienes todo controlado...

Me guiñó un ojo divertida mientras ocultaba de nuevo el ochenta y cinco por ciento de su belleza con la ropa que solo ella sabía vestir y salimos de allí cada uno a lo suyo.

Fueron dos días que no olvidaré. Ni ella tampoco, porque no se dedicó a inmortalizar solo el paisaje urbano. ¿Cuándo y cómo demonios me hizo las fotos que ilustran ahora ese relato? Debió de jugar con mi cuerpo incluso cuando estaba dormido. Esas fotos a mí, que no dejaba de pensar en ella desde hacía meses... Y ella en mí, ¡y ahora también medio planeta! Debo reconocer que con una fotógrafa sensible y profesional como ella hasta mi polla es fotogénica. Una vez tragado el primer impacto pude leer el relato. “Y el verbo se hizo carne y habitó entre mis piernas.” ¡Y lo que no eran sus piernas! Menudo titulito digno de la más beata. Era una ficción con similitudes con nuestra aventura narrada de forma muy divertida, tierna y picante; a su estilo. Por desgracia no estaba a la altura de aquellos dos días. De ninguna manera, porque nada podía estarlo.

Le mandé un mensaje privado:

–Pea, ¡PEEEEEEEAAAAAAA! ¿Cuándo me hiciste estas fotos?
–¡Ulises! Sabía que te gustarían. ¡Son las mejores!
–¿Cómo que son las mejores? ¿ES QUE HAY MÁS?  !!!
–¡Claro! Son la selección. Además, suelo hacerlas en ráfaga.

¡Tierra, trágame! Cientos de fotos de mi miembro descontroladas por ahí, y vete a saber qué más.

–Pea, esas fotos me enloquecen.
–No son para tanto. Tú sí que me enloqueces a mí.
–Creo que no me entiendes.
–Siempre me sorprendes. POR ESO ME GUSTAS TANTO.
–¿Por qué me hiciste esas fotos? ¿Y por qué las has colgado?
–No te preocupes, sólo tú y yo lo reconocemos. Además, verás qué pasiones desatas.
–¿Yo? ¿Por qué?
–Hazme caso, que sé de qué hablo.

Mientras chateábamos habían colgado ya más de diez comentarios. Pea tenía razón: los tíos me envidiaban y a las tías se les caía la baba.

–¡PEA!
–Te lo dije: Ulises, tienes una lámpara maravillosa. Lo que nadie conoce es el genio que lleva dentro.
–¡Estás loca!
–Sí, ya te lo he dicho, ¡POR TI!

El relato, junto a todas las traducciones informales que han aparecido, ha batido todos los récords de comentarios en Blogger y ya es un fenómeno social. Quizá yo no deje una huella imborrable en la historia de la humanidad; pero mi pene es inmortal.

 
A Pea,  inspiradora sirena.

Por Ulises.

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