Descubrir en su espalda su par de pequeñas alas, doradas y de pretensiones angelicales, fue mi liberación. Imaginé que las cogía con las manos e, invocando a Hércules, se las arrancaba de cuajo y caía al suelo, de rodillas, con los ojos extasiados, confundidos e incrédulos. Tal era mi enojo, mi frustración y mi dolor. Durante días me recreé en la fantasía que desplomaba, sobre el reseco y yermo desierto, al ser que había estado en un celeste pedestal cada vez que le había dirigido la palabra o la mirada tan sólo. Por fin había extirpado de mi corazón esa gran molestia para dejar un doloroso pero cómodo vacío. No puedo menos que estar agradecido por el odio y el desdén que me dispensa. Ya no es más que un bellísimo y grácil cascarón de cera a la imagen y semejanza de lo que una vez fue idolatrado...
Por Ulises.
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