Fue el pedo más grande que jamás se hubiera oído, fuera de toda medida, la más descomunal y estruendosa de las ventosidades. En la oficina todo el mundo se asustó. Los ojos miraron a todas partes, desconcertados; las cabezas se asomaron por encima de los monitores, las plantas decorativas y las mamparas. Tanto fue el susto y el revuelo que incluso algunos de los trabajadores de otras plasntas se acercaron a preguntar por el origen de la explosión. Mas aun para entonces nadie sabía quién había tenido tal capacidad decibélica. Ni siquiera se habían planteado las posibles consecuencias fétidas del evento. Cuando alguien cayó en la cuenta dijo:
- ¡Hay que precintar el aseo!
- ¡Peero, se morirá asfixiado ahí dentro! -respondió otro pensando en el prodigioso organismo capaz de tal producción gaseosa.
- ¿Y nosotros, qué?
Por suerte tuvo las de ganar la preocupación por el individuo bomba sobre el temor a una afección nociva para los demás.
La calma fue llegando y algunos se acercaron cautelosamente al aseo, dispuestos para la huída en caso de réplicas. No fue el caso. Solo oyeron la descarga de la cisterna, que parecía no haberse visto dañada por la onda expansiva, y, al poco, salió Clara notablemente cambiada, menguada. No había destacado nunca por sus dimensiones, pero eso no fue motivo que impidiera que se encogiera hasta casi desaparecer al ver a sus compañeros apostados recelosos junto a la puerta. Con la cara gacha, colorada como un tomate auténtico, y sin apartar la mirada del suelo, fue a sentarse en su puesto. A penas se atrevió a mirar siquiera a la pantalla. Su ombligo era el único objetivo de su mirada hasta que una compañera sensible le preguntó si todo iba bien.
Desde entonces de Clara pasó a ser Clarita Dinamita o, simplemente, Namita; y del resto solo se habló a sus espaldas salvo por sus compañeros más allegados.
Por Ulises.
No hay comentarios:
Publicar un comentario